El paro se siente. No hay otra forma de darse cuenta si fue o no masivo, se siente. El laburante se levanta, pone la pava y mira por la ventana. La calle está vacía y por una rendija se cuela el último acorde de una cumbia trasnochada y el incesante compás de algún chamamé matutino. Es domingo pero un jueves. El paro se siente.

La calle está con otro ritmo, más lenta, más amable, hay una solidaridad implícita, los laburantes saben que se paró porque la cosa no da para más.

La tele se clava en algún canal de noticias y la imagen es una cuenta regresiva. Laburantes que militan en algún partido de izquierda están cara a cara con la Gendarmería, que son tipos que sin el disfraz de tortuga ninja son iguales a los que están cortando la panamericana. Es inminente el desalojo. Palos, gases, agua, palos y sangre. Se vende autoridad, se percibe autoritarismo.

En la esquina , unxs pibxs en su mayoría jóvenes se juntan, hay movimiento, pasan casa por casa, no son testigos de Jehová, son pibxs del barrio. Llegan al portón, aplauden. Vienen a convocar a participar activamente del paro compartiendo una olla popular, dejando de lado las diferencias ficcionadas y en un guiso fundirse asalariados y desocupados, el que labura en la fábrica y el cooperativista.

La cola de pibes que van a buscar su ración es divertida, juegan, se mueven para todos lados, pero hay algo que duele, los pibes van a comer y a llevarse un poco para casa, los padres no tienen laburo. No tienen comida. El paro se siente.

La tarde se torna rojiza y las palabras se entremezclan con la somnolencia, los soberbios están cegados de poder y festejan los palos, el laburante mira por la ventana otra vez y puede ver, la ceguera es pa los ricos. En el barrio el aroma de la olla se mezcla con el porro y la tortilla, el recuerdo de los noventa es un pica-seso. El paro se siente.

Olla popular en el Barrio Pech, de Tierras Altas. / Foto: Carmel Sabino

*Ariél Fernández, concejal del Frente para la Victoria de Malvinas Argentinas

Ariel Fernández
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