“Javier anduvo por todos lados pero dejó su corazón en Grand Bourg. Dejó un montón de gente querida acá”, pronunció Sergio Bollinckx, hermano del profesor fallecido el 11 de agosto. El día del velatorio, Sergio, de elegancia sobria se paró en la esquina de Chacabuco y Avenida Eva Perón y solo interrumpió el relato para saludar a su hija y a los amigos que Javier aún conservaba de los años del Liceo. Mas allá de la ochava, en la sala velatoria, chicos y grandes llevaban varias horas despidéndose de su hermano dos años menor: “El mejor profesor que uno podía tener”, decían.

La última semana de julio, Javier Bollinckx entró al Hospital de Trauma de Malvinas Argentinas con un cuadro complejo de hemorragias internas y órganos vitales comprometidos. En el último tiempo, había estado fuera de los hospitales y parecía quedar atrás aquella última internación que lo puso cara a cara con la muerte.

El susto, esta vez, nada había cambiado en la vida del profesor de literatura de 51 años, quizá el más querido de todo Grand Bourg, que a los pocos días falleció: “Cuando intenté retarlo desde mi rol de hermano mayor le pregunté: “¿Por qué no te cuidaste? ¿Por qué fumaste cuando no tenías que fumar?”.

“Él me dijo: ‘hago lo que puedo’. Siempre tenía una respuesta corta para dejarte conforme. Creo que estaba sintiendo la cercanía de su hora y trató de hacerlo de la mejor forma posible”, contó Sergio con dolor y continuó: “En su ingenuidad, porque todos los artistas son ingenuos, confiados y creen en su buena estrella, Javier se dedicó a seguir haciendo lo que amaba: a enseñar, a estar con los chicos y no escuchó a su cuerpo”.

De tanto en tanto, pareció sonreírle con una ironía marcada por la nostalgia al destino de aquel hermano que dos meses antes de recibirse de “bonaerense” en el Liceo Policial Juan Vucetich, se fue y le dijo a la misma madre que quería ser docente: “Eso le valió una severa reprimenda de parte de mi madre. Él Dijo que no quería serlo y tomó la decisión desde lo que sentía. Allí empezó de cero en el profesorado N° 39 de Lenguas de Vicente López”, recordó.

Malviticias accedió a una charla con Sergio, de carrera militar, teacher de inglés en la Escuela N° 14 de Grand Bourg y uno de los dos hermanos, el mayor, de Javier Bollinckx. A continuación, el diálogo se transcribió con la mayor fidelidad posible, redundancias incluidas y el riesgo que ello implica, con el fin de transmitir la cadencia de un hablar idéntico al de Javier.

-¿Qué recuerda de Javier?

-Era un alma inquieta en un cuerpo cansado. Indomable, intransigente, no negociaba nada con nadie. Vivió sus convicciones a pleno y eso en un cuerpo no muy habituado a los esfuerzos y si habituado a los excesos le fue marcando pautas que no escuchó en su momento debido. No prestó atención a esos síntomas de alarma. Frente a lo inexplicable de la muerte te puedo decir que mantuvo un buen humor, un coraje inédito, una esperanza absurda de querer volver y pensando que iba a estar bien. Pero hay personas a las que el cuerpo les queda chico y el suyo le dijo: hasta acá llegamos hermano. Nosotros nos llevamos dos años de diferencia, soy dos años mayor. Yo sentía real e íntimamente que ese alma tenía que volar pronto de ese cuerpo para dejar de sufrir.

-¿Cuántos hermanos eran?

-Somos dos hermanos de sangre. Nuestro papá se fue cuando éramos muy chicos y mi mamá se volvió a casar. Tuvimos un hermano más jóven que tomó otros caminos, otra historia. Soy docente de inglés en la Escuela N°14 de Grand Bourg. Siempre tuvimos esa escuela: la de enseñar para curar. Javier era el mejor consejero, el mejor profesor en la idea de aconsejar, de mostrar caminos, de detectar en cada uno cual sería su potencialidad pero no la pudo encontrar en sí mismo. Mi vieja lo comparaba con el profesor de la película “La sociedad de los poetas muertos.

-Con el personaje que interpretaba Robin William.

-Sí, él adoraba esa película. Javier adoraba el cine y el teatro. Era una persona muy dedicada a las artes. Creo que encontró en su música, quizá, la única forma de ser él mismo. El que quería conocerlo a Javier tenía que esperar que agarre una guitarra y cante. Ahí si iba a encontrar al verdadero Javier que no se dejaba ver fácilmente. Vivió solo durante años por su propia elección. Él cerraba la puerta de su casa y ahí te encontrabas al verdadero Javier que no dejaba mostrar a nadie. Por eso te digo que era un alma demasiado grande para este mundo y necesitaba liberarse.

-¿Cómo fueron los años de la infancia en Olivos?

– Nuestra mamá, Beatriz, nacida y criada en Olivos. Nuestro papá trabajaba en La Nación. Era militante del Partido Comunista, un gran idealista, amante del jazz, gran futbolista pero que nos dejó muy pronto. Cuando yo tenía seis y Javier cuatro, mi papá fallece. Para ese entonces, mi mamá con su proyecto de maestra jardinera trató de darnos una vida, un futuro, lo que se podía. Siempre con la gran ayuda de nuestra gran referente que tuvimos en la vida: nuestra abuela materna: chaqueña, humilde y trabajadora. Por el lado de nuestro padre nos quedó nuestra abuela paterna la ‘Oma’, como la llamábamos: hija de alemanes y un tío solterón que nos marcó también la impronta del amor por el trabajo, por el respeto del otro. Después de dejar la carrera en el Liceo Policial Juan Vucetich cuando faltaban dos meses para terminar y donde hizo grandes amigos, tuvo un grupo teatral en la zona de Vicente López. Hizo obras de Roberto Cosa. Se casó con Nancy en el año 91. En el ´95 nació su primera hija Clarisa: brillante, gran lectora, muy estudiosa que empezó a trabajar en una multinacional. Hace poco, Javier me dijo: ‘No sabés el alivio que siento porque Clarisa haya conseguido su primer trabajo sola, por sus propios medios’. Sintió con eso que estaba cerrando un círculo”.

El recuerdo vivo de Javier Bollinckx, seguramente, continuará en las aulas de escuela donde pasaba largas horas de charlas con los pibes. Así lo recuerdan: histriónico, profundo y reflexivo. Padre de tres hijas. El profesor amigo de todos. El mejor para muchos. El creador de los dictados de homónimos una vez al mes. El que guitarreaba en código Beatle dentro del aula y luego se iba con la soledad en el corazón.

Jerónimo Galarza
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  1. Barbara 23 agosto, 2017 at 10:45 am

    Excelente profesor! Tuve la suerte de compartir varios años de enseñanza. El mejor profesor que tuve y siempre lo voy a recordar con mucho cariño.

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  2. gaston ayala 23 agosto, 2017 at 11:27 am

    hermosa nota, dicho de leer y recordar aquel profesor que mas que profesor fue un angel. Javier gracias por exister y jero que mas decirte otro amigo que vale la pena tener. javier agradecido desde el cielo. Hasta siepre javier.

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  3. Mariela 23 agosto, 2017 at 12:50 pm

    ❤️ Sin dudas su enseñanza por siempre en mi memoria
    Que en paz descanse!

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  4. Xoa 23 agosto, 2017 at 4:48 pm

    Excelente persona un placer haber sido su alumna en el i p n. Genio. Se fue de gira. Muy extrañable

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