La llegada al poder de Cambiemos tiene descolocados a muchos políticos y profesionales del comentario. ¿Por qué asciende un partido sin sesgo progresista?

Por Martín Rodríguez para El Diplo

En Argentina prima un sentido común según el cual el pueblo es populista. Los partidos de masas del siglo XX tuvieron el signo de la demagogia. Así, los golpes de Estado servían para el ajuste de la economía que los gobiernos democráticos no querían hacer. Las presidencias desde 1983 se fundaron sobre ímpetus más o menos progresistas: Alfonsín fue el gran demócrata, Menem llegó para reintroducir el plebeyismo y, pese a que embutió un programa de reformas liberales, siempre funcionó por izquierda el mote tranquilizador de verlo como “traidor”. De hecho, la aceptación popular de sus reformas se sostuvo sobre la pesadilla anterior de la hiperinflación (una suerte de amnesia popular justificada). Y si Alfonsín fue el padre de bronce de la democracia, Menem fue su tutor: estabilizó la economía fijando que un peso era igual a un dólar. No hay orden sin moneda.

El tándem de restauración peronista de Duhalde y Kirchner (2002-2003) es un capítulo apasionante: Duhalde logró la salida de la crisis perdiendo para siempre su futuro político, mostrando que no era ya posible un “ajuste con represión”. La fórmula de Duhalde que usó el kirchnerismo fue el costo de Duhalde: en junio de 2002 la policía asesinó a dos militantes en el Puente Pueyrredón y Duhalde, que coqueteaba con “la popularidad del orden”, entendió que esas muertes eran un límite: su límite. Y se fue. El kirchnerismo le sacó las armas de fuego a la Federal, al menos en el perímetro de la polis. La conflictividad se desplazó así hacia las fronteras: la expansión de la soja y su impacto en la población campesina, la minería y su daño ambiental o las luchas inter-sindicales fueron visibles en la periferia territorial y política. Junto al discurso oficial contrario a la represión, la figura de Sergio Berni expresó un cierto coqueteo punitivista, contemporáneo al ascenso de políticos opositores que flirteaban también con la popularidad del orden: De Narváez, Massa. Pero son ascensos flojos: llamativamente, el punitivismo es la agenda del político inseguro. La sociedad pide más que mano dura. Y tal vez contenga consensos simultáneos: pide orden, y a la vez pide que el Estado no mate.

La llegada al poder de Cambiemos tiene descolocados a un porcentaje alto de políticos y profesionales del comentario. ¿Qué es esto? ¿Por qué asciende un partido sin sesgo progresista? Macri podrá faltar a alguna promesa de campaña pero no es un “traidor”. No es un liberal con antifaz. Su gobierno, andados los dos años, revela más resultados políticos que económicos. Había nacido al revés: subestimado políticamente (“¿cómo van a gobernar sin el peronismo?”) y sobreestimado económicamente (“abren el cepo, arreglan con los buitres, llueven las inversiones”). Mientras, la exploración de su alcance popular se basa en el orden y su finísima articulación con la economía. Ordenar a la sociedad y sus representaciones gremiales, ordenar el espacio público (piqueteros, manteros o mapuches), ordenar la economía improductiva para liberar las fuerzas productivas (su representación empieza desde el exacto mapa sojero).

No podemos ya vaticinar la solidez de este proyecto, algo que responderá el tiempo, pero sí que esta vez se trata de una auténtica revolución conservadora.

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