Tras la victoria electoral, el Gobierno volvió a insistir con el uso de voto electrónico en las elecciones nacionales y busca reflotar el proyecto que naufragó en el Congreso el año pasado. Organizaciones civiles y especialistas de diversos ámbitos alertan sobre los peligros de estos sistemas y la debilidad de los argumentos para justificar su implementación.

Por Carlos Vega para la Agencia TSS

La alianza Cambiemos viene impulsando el voto electrónico a nivel nacional desde mediados del año pasado, con un proyecto en el Congreso que naugrafó tras el aluvión de críticas que recibió por parte de diversos especialistas. Sin embargo, la suspensión del tratamiento legislativo del proyecto parece retomar un nuevo impulso tras los resultados favorables al oficialismo en los últimos comicios.

El pasado viernes 27 de octubre, en la sede del Colegio de Abogados de la Provincia de Córdoba, la Fundación Vía Libre y la asociación Ageia Densiorganizaron la charla debate “Voto Electrónico y Reforma Electoral”. Allí expusieron Delia Ferreira, doctora en Derecho y titular de Transparencia Internacional; Daniel Penazzi, doctor en Matemática e investigador en computación de la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (FAMAF) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC); y Javier Smaldone, un programador que en las audiencias en las que se debatió el voto electrónico en la Cámara de Senadores de la Nación demostró cómo se podía leer una boleta electrónica empleando un teléfono celular.

Un perro es un perro

En el inicio de la charla se proyectó un fragmento de Caja Negra: El mito del voto electrónico, un documental que intenta desmontar la propaganda sobre las hipotéticas virtudes del uso de la tecnología en la emisión del voto. Posteriormente, habló Ferreira, quien enfatizó que “la discusión acá no es máquina sí o máquina no. Lo que estamos discutiendo son los principios centrales que hacen a la libertad de los electores y a una democracia de calidad”.

La especialista recordó que muchos defensores de la propuesta de Cambiemos alegan que no se trata de voto electrónico, sino de implementar la Boleta Única Electrónica (BUE), denominación engañosa empleada por el Gobierno porteño porque la legislación electoral local obligaba al Poder Ejecutivo a recurrir a la Legislatura si deseaba implementar el voto electrónico pero carecía de esa mayoría. De hecho, la propia patente de la empresa contratada para proveer el servicio, Magic Software Argentina (MSA), dice que se trata de un sistema de voto electrónico.

Enrique Chaparro, especialista en informática y secretario de Vía Libre, sostiene en Caja Negra que suele responder a esta cuestión cuasi semántica manifestando que es una afirmación equivalente a decir que “un perro ovejero alemán no es un perro”.

Ferreira analizó alguna de las ventajas que se le atribuyen al voto electrónico, como la supuesta rapidez que le otorga al escrutinio. En las elecciones presidenciales de 2015, la BUE porteña inicialmente permitió dar resultados más rápido, pero a las 2:30 del lunes se emparejó el cómputo con el que se estaba realizando en Córdoba, que empleaba la boleta única de papel, por lo que el diferencial de velocidad no se verificó. “Además señaló la especialista, de nada sirve que sea rápido si está mal hecho. En la Ciudad de Buenos Aires, hubo una instancia en la que el sistema reportaba más votos que votantes porque estaban mal cargadas las secciones electorales”.

La denominación Boleta Única Electrónica (BUE) fue utilizada por el Gobierno porteño porque la legislación electoral local obligaba al Poder Ejecutivo a recurrir a la Legislatura si deseaba implementar el voto electrónico, pero carecía de esa mayoría.

Otro de los motivos dados para promover el voto electrónico es que es más barato que su competidor de papel. Pero acá también los números no cierran. Para una elección nacional sería necesario instalar 96.000 máquinas, más las de repuesto, junto con 20 millones de boletas termosensibles y 20 millones de chips. Esto contrasta con la impresión en papel de diario de una boleta por elector más un porcentaje de reserva en el caso del sistema tradicional. En agosto de 2015, un artículo del periodista Gabriel Ziblat en el diario Perfil calculaba que el costo de las elecciones presidenciales de ese año, imprimiendo boletas tradicionales para seis candidatos con cinco categorías cada una, ascendía a 550 millones de pesos. Si se hacía con boleta única de papel, el valor se elevaba a 660 millones de pesos y, con el voto electrónico, sin contabilizar la logística, se iba a 930 millones. Lo curioso es que cuando a Raúl Martínez, secretario de País Digital del Ministerio de Modernización, se le preguntó en la audiencia del Senado de 2016 cuánto costaría implementar el voto electrónico, respondió que no sabían y que lo iban a averiguar cuando saliera la ley.

La variante ecológica también se ejercita en la apología del voto electrónico señalando que de esa manera se evitaría talar árboles para fabricar boletas de papel. El problema es que aunque se corten menos árboles, el voto electrónico requiere baterías de litio de casi dos kilos por cada una de las 120.000 máquinas que se estiman necesarias, con una vida media de dos años y que luego hay que desechar, como destacó Smaldone. Y el uso de papel tampoco se elimina, dado que la BUE utiliza boletas de papel termosensible, que resulta más difícil de reciclar que el papel común.

Lo que sí permitiría conjurar el voto electrónico es el robo, el faltante o la falsificación de boletas, pero esto también se puede lograr con la boleta única de papel que, en versiones diferentes, ha funcionado en Santa Fe y Córdoba.

La verdad sobre el empleo del voto electrónico está lejos de las afirmaciones del jefe de Gabinete de Ministros, Marcos Peña, quien el mismo 22 de octubre afirmó que las boletas de papel “ya no se usan en casi ninguna parte del mundo”. Sobre el particular, Ferreira hizo un rápido inventario: el voto electrónico se emplea en forma completa solo en Venezuela, India y Brasil. En estos últimos dos casos se ha demostrado que es hackeable y que sus resultados son alterables. En otros casos, como Bélgica, se utiliza parcialmente. En Estados Unidos solo el 35% de los electores votan de esta manera. Aun así, el sistema ha presentado múltiples problemas en ese país.

Las condiciones de un buen voto

Penazzi enfocó su exposición en las características que debe asegurar un buen sistema de votación. La integridad del voto, es decir, que el resultado coincida con lo que la gente eligió, es una de ellas. Otra fundamental es la privacidad, que debe garantizar el secreto del voto. Un talón de Aquiles para los sistemas electrónicos.

La privacidad tiene dos partes. La primera es la confidencialidad: que nadie pueda averiguar contra su voluntad cómo vota alguien. La otra es la incoercibilidad: que no se pueda forzar a alguien a demostrar como votó. En ambos casos, el voto electrónico posee muchísimas más vulnerabilidades que su equivalente de papel.

La verificabilidad es otro rasgo fundamental de un buen voto. Esta consiste en la certeza razonable por parte del elector de que el conteo de los votos se ha realizado en forma correcta y su privacidad ha sido respetada. Para que esto pueda ser verificado por cualquier ciudadano el sistema debe ser relativamente simple. En papel, cualquiera que sepa leer, escribir y hacer operaciones aritméticas básicas está en condiciones de entender cómo funciona un proceso electoral y controlarlo. No ocurre lo mismo con el voto electrónico, que requiere especialistas para poder analizar lo que hace el software de votación.

Con el voto en papel, cualquiera que sepa leer, escribir y hacer operaciones aritméticas básicas está en condiciones de entender cómo funciona un proceso electoral y controlarlo.

Otro problema es el de la escalabilidad de las amenazas: “Con el sistema normal uno puede hacer trampa pero necesita un ejército de gente. Cambiar uno o dos votos en una mesa no sirve, para lograr dar vuelta una elección necesito muchos cambios en muchas mesas. En un sistema de voto electrónico puede haber un individuo, o muy pocos, que logren cambiar unas líneas en el software, nadie las detecta y, como el software es el mismo en todas las máquinas, se cambian miles de votos”, sostuvo Penazzi.

El especialista de la FAMAF señaló un riesgo adicional del voto electrónico: “Es imposible demostrar que no hay canales ocultos de información”, explicó. Aunque las máquinas no puedan registrar la identidad del votante, podrían guardar alguna otra información como el orden o la hora de votación, y con la ayuda de un puntero o un fiscal de mesa identificar a qué votante corresponde cada operación, y así poder ejercer un control sobre cómo votan. En Brasil se descubrió que las máquinas de votación guardaban el orden en el que se votaba.

Todo está roto

Smaldone empezó su presentación con una expresión provocadora, proyectada en las diapositivas que iba pasando: “Todo está roto”. El significado de la frase fue ejemplificado con las fallas que continuamente se detectan en el software de celulares, automóviles, redes eléctricas y hasta marcapasos cardíacos. Si en todos estos casos es constante la necesidad de “parches” y “actualizaciones” para evitar vulnerabilidades y errores, ¿cómo se podrá confiar en el voto electrónico que, además, es un elemento esencial para el sostenimiento de la democracia?

“La informática no tiene forma de construir sistemas seguros. Y aunque pudiéramos construir un sistema sin fallas, no tenemos forma de demostrar que no tiene fallas”, agregó el programador.

Supongamos que, como ya ha pasado en la Argentina y en varios lugares del mundo, se descubre que el sistema de voto electrónico es vulnerable. La pregunta que se hace Smaldone es: “¿En el pasado alguien lo sabía y lo estaba haciendo?”. La sombra de la duda se cierne también sobre las elecciones anteriores y eso es algo nuevo. Con el sistema tradicional en papel puede haber denuncias pero, en definitiva, tenemos las urnas “para abrirlas” y llegar a una conclusión que sea aceptable por todos. No ocurre lo mismo con el voto electrónico.

Smaldone también hizo referencia a que, cuando se promociona el voto electrónico, se dice que el sistema es auditable, pero en la Argentina ninguna de las empresas proveedoras ha publicado el código fuente del programa que usa ni han cedido máquinas para auditorías independientes. El propio Smaldone descubrió que las máquinas de MSA poseían un núcleo de procesamiento y memoria que no se sabía lo que hacía y no había sido detectado en las auditorias previas.

“La informática no tiene forma de construir sistemas totalmente seguros. Y aunque pudiéramos construir un sistema sin fallas, no tenemos forma de demostrar que no tiene fallas”, dijo Smaldone (derecha).

Los motivos ocultos

Ferreira indicó que la tenacidad de Cambiemos para defender el voto electrónico llama la atención dada la abrumadora evidencia en su contra y cree que podría atribuirse a un esnobismo tecnológico o a negocios. Al finalizar la charla, TSS le preguntó si se podían reducir los potenciales motivos a esas dos opciones o si podría haber una tercera intención: ¿El Gobierno podría querer guardarse una llave para alterar los resultados en un eventual comicio futuro sin ser detectado? Ferreira respondió: “Creo que el Gobierno no está pensando en manipular el resultado o guardarse una posibilidad de hacerlo, los conozco. Este Gobierno tiene un problema, que es el sesgo de bondad, que consiste en responder a todas las objeciones diciendo ‘nosotros somos buenos’. Pero las leyes tienen que estar hechas a prueba de malos”.

Para Penazzi, la razón política para impulsar el voto electrónico es que los partidos quieren un sistema donde el efecto arrastre se potencie. En la boleta única de papel esto no ocurre, mientras que con el voto electrónico sí sucede, ya que lo primero que se ve en la pantalla es la opción de votar lista completa y para “cortar” hace falta navegar por varias opciones, lo que disuade de elegir candidatos de diferentes alternativas para distintos cargos.

A diferencia de los otros dos expositores, la respuesta de Smaldone sobre la posibilidad de fraude fue contundente: “Sí, porque los argumentos hace rato que están dando vuelta y la plata no es tanta como para que salgan en menos de doce horas el jefe de Gabinete, el ministro del Interior, el secretario de Asuntos Políticos y el propio presidente a decir lo mismo”, en referencia a la cerrada defensa del voto electrónico por parte del Gobierno.

Ferreira recordó una anécdota personal. Antes de la primer elección porteña con voto electrónico, en el año 2015, se instalaron máquinas en diversas escuelas y en la vía pública para que la gente pudiera experimentar con la nueva modalidad de sufragio. Ella se acercó para recibir la explicación sobre el tema. En una ocasión, al consultarle al personal que atendía en uno de estos sitios sobre qué pasaría si hubiera dificultades con el sistema de voto electrónico, recibió como respuesta: “Usted no tiene que preocuparse por cómo se cuentan los votos, de eso se encargan las altas esferas”.

philo
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